La oscuridad incipiente, el rayo de luz inesperado. Una ligera sonrisa asomándose al rostro.
Concentración, emoción. La muchacha se mueve ligeramente en aquella butaca de un color entre morado y rojo, sin quitar la vista de aquella gigantesca pantalla que empieza a emitir sus primeras imágenes. Anuncios, por supuesto. Una arruga de irritación surca la frente de la muchacha, que intenta pensar en el argumento de la película que va a ver para no concentrarse en la publicidad. Prometía ser interesante, sin duda. Llevaba esperando ir al cine varias semanas, pues era una de sus actividades predilectas, tras las cuales consiguió ir a ver aquella película quedando con una amiga a la que también le gustaba, y con la que hacía varias semanas que no salía. La excusa perfecta. De reojo observó, de nuevo con una sonrisa, el rostro de su amiga concentrada en la pantalla. Hacía mucho que no sentía el placer de reírse con ella, y el reencuentro les había gustado a ambas.
El ruido de la sala cesó poco a poco. Tras unos segundos en completo silencio, la puerta de la sala se volvió a abrir. Una mujer joven, acompañada por una niñita pequeña que con sus manitas casi arrastraba el asiento para aupar a los niños en las butacas. Una mirada de disculpa se extendió por el rostro de la mujer, que cogió a la niña por una mano, la cogió en brazos y subió rápidamente las escaleras ahogando las protestas de la pequeña al ver que la sala estaba ya oscura, la película a punto de empezar. Quería andar tranquilamente por aquella oscura sala llena de gente que estaba tan callada, por ella misma. Sin embargo, tras unas tranquilizadoras palabras al oído por parte de su madre la se calmó ligeramente. Relajada, se puso en su asiento, callada esta vez, observando con mirada asombrada aquella pantalla gigante por la que veía pasar personas, animales…
La muchacha levantó una ceja, escéptica. La película que iban a ver no era precisamente para pequeños, pero al instante en su mirada se formó un brillo especial al ver que la niñita había hecho lo mismo que había hecho ella a su edad, cuando vio su primera película.
No se acordaba, desde luego, pues tendría no más de tres años, pero le había pedido a su madre cientos de veces que le describiera la escena. Según ella, no se había movido de la butaca, agarrada al bote de palomitas, sus ojos mirando fijamente a la pantalla, observando todo con una mezcla de curiosidad y diversión. Te había gustado la película, con una risa suave se lo decía su madre siempre que le relataba la historia. Te enganchó hasta el final.
La adolescente miró fijamente a los ojos negros de la niña, donde las escenas pasaban a una velocidad de vértigo. Por unos instantes, unas intensas ganas de saber qué pensamientos estarían pasando por la mente de aquella pequeña en aquel momento hicieron que la mirara con absoluta curiosidad, y que, en respuesta, la niña se moviera y a su vez la observara con un brillo en los ojos. Al ver que la muchacha apartaba la cabeza con una ligera sonrisa, le sonrió abiertamente antes de volver a concentrarse en los, todavía, anuncios publicitarios.
La joven miró de nuevo a su amiga. Los lentos minutos de campañas publicitarias estaban dando su fruto en la mirada cansada y ligeramente aburrida de su compañera, provocando un silencio hondo y amodorrante, roto por los sonidos demasiado altos de la pantalla. Un silencioso remordimiento de conciencia. Se suponía que era su amiga, deberían estar hablando hasta que llegara la tan esperada película, pero la imagen de la niña le había difuminado de la mente todo lo que le podría decir a su compañera.
Respiró hondo. La primera vez que se iba al cine debía de ser una experiencia totalmente nueva, y llena de miles de sorpresas. Se salían de las barreras de los televisores normales, muchas pulgadas más pequeños que aquella pantalla gigante. La aglomeración de gente, la expectación de ver algo nuevo. Pena que, actualmente, la edad a la que se empieza a disfrutar de este medio sea tan pequeña como para no acordarse de las sensaciones del principio, pensó la joven desde su punto de vista de una amante del cine.
Se movió ligeramente incómoda en su asiento. Empezaba a aburrirse ella también. Observar a las personas era interesante e, incluso a veces, divertido, pero cuando se rebasaba un tiempo comenzaba a ser ligeramente tedioso.
De repente, las imágenes cambiaron. El leve murmullo que había empezado a recorrer la sala cesó al instante. Un brillo especial, casi mágico, en los ojos de la pequeña.
Con una amplia sonrisa, la joven centró su atención esta vez en la pantalla. Contenta. Expectante.
La película acababa de empezar.
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