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That looks who transformed the universe...

domingo, 25 de abril de 2010

Templario. (:

Un mandoble de espada. Un movimiento ágil y cargado de fuerza. El entrechocar de los aceros. El intenso sol de mediados de verano.
Un jadeo sorprendido, el amortiguado sonido del filo al caer el arma. Una mirada implorante.
El templario cierra los ojos, aparta la espada del cuello del joven. Un torrente de sensaciones nublan su mente, en recuerdo de momentos pasados. Él también fue un joven con esperanzas, que, emocionado y con seguridad en lo que creía, se entregó de lleno en el manejo de las artes de la guerra. No hacía tan poco tiempo…
Abrió los ojos, rememorando en silencio en su interior los momentos cruciales de su vida. Jamás olvidaría una batalla librada. La angustia. La adrenalina. La indecisión. La sensación de arrebatar una preciada vida a alguien inocente. La luz que poco a poco se apagaba en el rostro del guerrero delante de su propia montura, sabiendo que, de no ser por él, aquella persona habría sobrevivido. La primera vez que mató a un hombre, aquella noche la pasó en vela. Temblando, los ojos más abiertos que nunca, escudriñando la oscuridad en busca de sombras. La fuerza de su espada contra la piel, las manos llenas de sangre ajena, martirizándole a cada segundo.
El movimiento del pesado y frío metal le recuerda todas las veces que estuvo a un solo segundo de morir. No fueron pocas. La serenidad, con la certeza de que todo aquello que había conocido se extinguiría con un solo movimiento de la mano del caballero. La sangre corriendo por su cuerpo, manando de las múltiples heridas de la batalla. La explosión de alegría y de adrenalina tras haber sobrevivido. Los inservibles e inocentes rezos de alabanza tras saber que viviría al menos un poquito más. Aunque en la batalla todo es desconcierto e intentos de no convertirse en aquellos cuerpos que llenaban el campo de batalla, pisoteados sin respeto por los caballos. Sin embargo, el templario no lo recuerda con rencor.
Su mirada recorre los muros del castillo con una irritada mirada, como si de barrotes se tratasen. Es lo único que ha visto desde hace varios días. Puede aguantar luchar una y otra vez, está entrenado para eso. Es parte de su vida. Pero la sensación de encarcelamiento, eso es lo único que no soporta. Le falta el aire, sus ojos buscan un retazo del mundo exterior. Necesita moverse. El ejercicio es parte de su ser, y se ahoga pensando en que si no se mueve pronto sus facultades que le han permitido vivir sus casi veintiocho años de vida desaparecerán como una pompa de jabón.
Intenta no pensar en eso, pero su mente le traiciona, recordándole el duro viaje que habían tenido que sufrir tras la disolución de la Orden Templaria. Nada más ni nada menos que el intento de exterminio de los guerreros más valientes y audaces, personas que entregaban literalmente su vida en el campo de batalla. No muchos llegaban a ser templarios, los que únicamente obedecían las órdenes del papa.
Que, de repente, les había traicionado.
Entrecerró los ojos. Era difícil sentirse un verdadero templario encerrado en un castillo de Portugal, el único reino que había respondido a favor suyo, en vez de un cobarde que había traicionado a los suyos. A veces llegaba a pensar seriamente si no sería esa la verdadera realidad, pero al segundo siguiente sus numerosas empresas defendiendo lo que pensaba le aplacaban ligeramente esa sensación de culpabilidad. No era su elección. El destino lo había querido así, fueran cuales fueran sus motivos. Y él no iba a cambiarlo. Quién sabe. Quien tiene el poder de empeorar las cosas en sus manos, tiene también el poder para mejorarlas. Sólo hace falta mirar las pequeñas y más nimias cosas de la vida.
Abrió los ojos y levantó una ceja, escéptico. Pensando como nunca antes había pensado sobre las cosas de la vida. Levantó la espada, centrando toda su atención en aquel aparentemente fácil giro de muñeca para distraerse del exterior y no recordar. En aquella ocasión, sin embargo, tal vez debido a su intento de pensar únicamente en eso, notó cómo poco a poco los huesos de la muñeca iban adoptando diferentes posiciones, en una perfecta armonía. Un sonido sordo, seco, hasta alcanzar todo aquel giro con un golpe un poco más fuerte que los demás al intentar aguantar el gran peso del metal. Una muñeca normal habría recibido un intenso y palpitante dolor, recorriéndole casi todo el brazo, y habría dejado caer la espada. Él mismo lo había sentido muchas veces durante su aprendizaje, y miró su brazo con un leve brillo de orgullo en los ojos, con el fulgurante metal apuntando hacia el horizonte, asemejándose a un guerrero poderoso. Ya estaba acostumbrado.
Una mirada asombrada y perpleja al observar una sombra centelleante en su lateral derecho, un movimiento ágil a pesar de la sorpresa para parar el ataque. El muchacho había aprovechado su ensimismamiento para coger fuerzas, y el templario maldijo por lo bajo su nueva debilidad. Esta vez tardó un poco más en responder, lo que hizo que al joven le entrara la inquietud. Él nunca dudaba de ninguno de sus movimientos, todos eran directos y con una finalidad específica. Se paró durante una décima de segundo. Y entonces…
La estocada del hombre hizo que el muchacho cayera atónito al suelo, soltando repentinamente la espada. Decepción por parte de ambos.
Los sonidos de unas pisadas sobre la piedra del suelo. Las pesadas botas de un templario, hicieron que los dos se dieran la vuelta simultáneamente. Inquietud, desconcierto. Nadie les molestaba durante los entrenamientos.
-Lo hemos conseguido- aquellas únicas palabras, fuente de toda alegría, salieron de su boca como un torrente de alivio y felicidad. Nada más que decir. La esperanza empapaba cada sílaba.
Y, de repente, un brillo especial en los ojos del muchacho.
Cogió la espada, observando a su oponente, sabiendo que le miraba disimuladamente, el brillo del acero brillándole en la mano izquierda.
Un mandoble firme, aquel que le había procurado tardes y tardes de entrenamiento, rápido y correcto. Veloz como el viento.
El sonido del metal de la espada del caballero cayendo sobre el suelo le produjo al joven una euforia mucho mayor que la que había experimentado cuando oyó la noticia de su libertad. Los ojos del templario, expresando un nuevo respeto, rompieron todas las barreras. Bajó la espada, no sin antes percibir que no sentía ningún dolor, al contrario que hacía unos días.
Lo había conseguido. Aquello que había estado esperando durante años.
El caballero lo miró con una leve sonrisa en el rostro, observó reír con una risa suave y cristalina al muchacho, preguntándose hacía cuanto que no oía aquel sonido que de repente se le antojó el más hermoso en la faz de la tierra. Aquel joven le recordó a él mismo, y supo con certeza que ya había formado su propio camino. Ya era independiente. Había terminado su formación. Ya no tenía más que enseñarle. Pensó por una fracción de segundo que tal vez contaría, con orgullo, que había conseguido vencer a un verdadero templario, una vez, cuando fue joven.
Y, sintiendo que cada vez se hacía más viejo, rio junto con el muchacho, mientras el sol de mediados de verano les daba implacable sobre los hombros, bajo un inmenso cielo azul, plagado de buenos presagios.

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