Un dolor intenso. Angustia infinita.
La muchacha se sentó en la silla de su habitación con cara de incredulidad y de angustia. Se había preparado para todo salvo para eso. Todavía estaba en aquel estado de estupor que nubla la mente después de los grandes malos tragos.
Como aquel.
Cerró los ojos en un inútil intento de que las lágrimas no aflorasen de sus tristes ojos verdes, de no mostrar señal alguna de debilidad. Se tumbó en la cama, con la mente dándole vueltas a la situación. Era dolorosamente cierta. La había visto venir desde hacía varios días, y sin embargo ella no había hecho nada para evitarlo. Para impedir que lo que estaba ocurriendo en aquel momento pasase. Sólo habrían echo falta unas pocas palabras…
Revivió lo que había vivido hacía unos simples minutos y ya no pudo contener las lágrimas, que corrieron, incansables, como una cascada de agua pura y cristalina. No sabía de quién era la culpa. O tal vez la tuvieran los dos. De lo único que se daba cuenta es que aquello era irrecuperable, que lo había dejado pasar poco a poco. No se creía que pudiera ser cierto. Las cosas habían pasado tan rápida y tan lentamente a la vez…
Todavía recordaba con dolorosa claridad aquellas miradas, llenas de complicidad y comprensión. Los paseos, los abrazos, llenos de cariño y alegría. El sentimiento de que a su lado todo era posible. La seguridad. La confianza. Sus voces, llenas de emoción hablando de un poco de todo.
Cada vez la muchacha se sentía más estúpida, más cobarde. Por no haber hablado a tiempo, por no haberse enfrentado a la situación. Por haberse encerrado en la habitación llorando antes que haber aguantado y haber actuado con fuerza y seguridad. Ella misma se había privado de lo que más quería, al ver aquella cada vez más difícil situación. Del principio ella no había tenido la culpa, ella lo tenía claro. Y la muchacha reconocía cada fallo suyo. El comienzo fue lo peor. Su intención de que todo aquello no se rompiese, de que la magia de aquellos momentos quedara intacta, de cargar todo el peso sobre sus hombros a pesar de que todo aquello no era correspondido, de hacer caso omiso de las cosas que le recordaban claramente cuál era la situación, que no era como ella lo intentaba, a pesar de todo.
Había tenido todas las oportunidades del mundo para arreglar aquel problema. Solo necesitaba unas pocas palabras, y ella, que las dominaba mejor que nadie en aquellos momentos, le parecía una solución fácil y rápida. Pero ninguna palabra le había parecido válida, retrasando y a la vez provocando aquel momento en el que sabía ella que se pondría a prueba todo lo que ella era capaz de ofrecer.
A medida que fueron pasando los días el humor de la muchacha no era tan jovial como antes. Le daban ganas de llorar, de insultar al mundo entero, de gritar hasta quedarse afónica que no podía más con aquella cada vez más deprimente situación que la estaba cambiando por completo. Le daba igual ya la gente. En aquellos momentos la adrenalina le hacía imaginar escenas ideales en las que ella hacía cosas que en el mundo real no se habría atrevido a hacer. Se imaginaba hablando con él preguntándole aquellas palabras que le roían en su interior clamando por salir de su traidora boca. Cogía fuerzas para lo que fuera. Y después…
Lo había, finalmente, perdido.
Abrió los ojos, ya gastadas las lágrimas. Una frialdad que le asustó se apoderó de su cuerpo, tras los múltiples sentimientos del disgusto ya pasado. Se incorporó sin cambiar de expresión, su mente en aquellos momentos más clara incluso que en algunos momentos en los que ella estaba normal, juntando cabos y planeando a una velocidad espeluznante. Un nuevo sentimiento de poder, creado por aquella falta de motivación. Por ver que aquellos abrazos y aquellos besos ya no significaban nada para ella. Por ver que no le pertenecería nunca ni un milímetro de su alma. Ella no lo iba a permitir.
No tenía que aguantar aquella situación. No pensaba continuar con aquella situación. Una determinación milimétrica, le hizo extender el brazo para coger la cazadora e ir inmediatamente a resolver aquel difícil embrollo. Había sido su decisión, la que había hecho que ella sufriera hasta tal calibre. Él sufriría por ella, tanto como ella había sufrido por él.
La puerta de su casa se le antojó de repente extraña. Caminó en una especie de estupor hasta la casa del muchacho. Una sonrisa, al ver que ni siquiera le producía ninguna emoción ver aquella puerta de madera que le había arrancado tantos sentimientos días pasados.
Sabía que estaba solo.
Una multitud de pensamientos contradictorios, al subir la mano para llamar al timbre. Se iba a enfadar, le iba a disgustar, y mucho. Seguramente no se le olvidaría en la vida, al igual que ella. Una sonrisa, al darse cuenta de que no iba a perder nada si lo hacía, salvo felicidad por pagarle con la misma moneda, a pesar de que a ella eso no le parecía del todo correcto. Un enemigo más. ¿Uno más? Ya lo tenía desde hacía varias semanas. La sonrisa se ensanchó.
Tocó el timbre.
Unos segundos, antes de que él abriera la puerta. Unos segundos de desilusión, de desconcierto, de nervios. Pero no iba a volver atrás.
Una sonrisa extraña se le formó en el rostro al ver de nuevo los ojos amarronados de muchacho.
-Hola-dijo, una palabra carente de emoción que hizo que al muchacho se le erizaran hasta los pelos de la nuca. Una frialdad anómala en ella.
Y, lentamente, subió los ojos hasta él, con sus ojos verdes llameando con una hermosa y extraña llama interior. Se había preparado.
Había llegado el momento.
El instante que tantas veces había esperado. Y se sentía feliz. Más feliz que nunca.
Cada día me gusta más como escribes (:
ResponderEliminarMuy bonito el texto *___*
ResponderEliminarUmm intrigantee... que le dirá el chico? (:
Gracias por pasar!^^