Las manos le temblaron ligeramente, cuando cogió la copa que le ofrecían. Una mirada dura, hacia la inocente persona que se la había dado, aunque sabía que no le haría nada malo. Le había intentado ayudar, pero él declinó todas las ofertas. Le habían dicho que con sólo salir de Grecia seguiría con vida. Pero ya con su edad eso le daba lo mismo. Había vivido mucho más que la mayoría de la gente y, a sus 71 años, no tenía nada que perder.
La acercó a la boca, y, durante una fracción de segundo, recordó sus conferencias y sus charlas en el Ágora. Revivió aquella gratificante sensación de hablar y ser escuchado, la multitud de gente agolpándose a la entrada para escuchar al gran filósofo Sócrates. Los ojos abiertos, brillantes, atentos, los niños callados escuchando emocionados. Los gritos de asentimiento de la gente, la sensación de poder y de compañerismo.
La mano se paró en el aire.
Echaría de menos esas charlas. Estar en el palco, rodeado de los símbolos de los dioses que, ridículamente, habían hecho que se produjera esta situación. La imagen de él, explicando que podía haber una existencia etérea sin ningún dios de por medio en una de las veces que había hablado hacía unas semanas.
Y pretendían darle la libertad pagando sólo una pequeña multa. Se irritó sólo de pensarlo. ¿Qué se habían creído los jueces? Él, el filósofo con más seguidores, el más famoso de toda Grecia, valía sólo unas monedas. Arrugó el ceño. Podría haber vivido si no hubiera hablado en ese momento, pero su orgullo se lo impidió. Prefería morir dignamente a vivir con el peso de la vergüenza el resto de su vida.
Se movió, incómodo. La celda era fría y pequeña, y estaba aterido de frío. Observó la copa de cicuta que llevaba en su mano derecha. Se la iba a beber, eso estaba claro, pero siempre fallaba al final. Se avergonzaba de ello.
Sus amigos le miraron, asustados y con angustia. Sócrates cerró los ojos, y escuchó por enésima vez la voz de su discípulo más joven, con una nota de miedo en su voz, si seguía declinando la oferta que le ofrecían. Él asintió con la cabeza.
Respiró, y bebió de la copa, de un solo trago. Se la tendió a sus compañeros, disgustado por la amargura del veneno. Le observaron de nuevo, esta vez con una nota de respeto profundo en sus ojos.
Sócrates estaba nervioso, aunque no lo exteriorizara. No quería quedar mal delante de sus discípulos, que tenían una buena imagen de él. Pero una angustia muy profunda y un nudo en el estómago se le crearon al ver que poco a poco iba dejando de notar el pie derecho.
Se tumbó sobre la paja, intentando serenarse. En ese momento, más que nunca, deseaba que hubiera algo más después de la muerte.
Se levantó de nuevo, repentinamente, y se puso a andar. Lo de los pies podía ser del frío que hacía en la sala. Pero ni siquiera él se lo creía del todo. Una última esperanza afloró, aunque débil.
-Mi señor, lo mejor sería que se tumbase de nuevo.-la voz de la persona que había traído el veneno tenía también un matiz de nerviosismo.-Es lo que me han recomendado.
Se tumbó de nuevo. Después de un rato, la parálisis llegó hasta las piernas, y en ese momento supo que ya no se levantaría nunca más. De cintura para abajo no sentía nada.
Pensó en su mujer, en sus hijos. No volverían a ver a su padre, y él a ellos tampoco. Nunca volvería a pisar el Ágora.
Nunca volvería a hablar. Nunca volvería a pensar.
Notó que tenía el vientre rígido. Le quedaba poco para el final, como mucho unos minutos.
Y, en ese momento, una relajación infinita le envolvió la mente. Iba a morir, sí, pero no le importaba en ese momento.
Cerró los ojos sabiendo que no los volvería a abrir.
Un intenso dolor en el pecho cuando llegó al corazón. Los últimos latidos, débiles ya, se dejaron de oír en la mente del hombre.
Y, al segundo siguiente, con una extraña sonrisa en la cara, murió.
El gran filósofo ya no existía, el que no dejó ni una hoja escrita con sus pensamientos, el que transmitió su sabiduría a través de sus discípulos y seguidores había dejado de respirar, pero su legado fue imperecedero.
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