El viento le dio en toda la cara cuando, dificultosamente, logró girar el pomo de la puerta, con un intencionado giro de muñeca que le valió un palpitante dolor que se extendió por todo el brazo. Casi perdió el equilibrio: se aferró fuertemente al bastón y aguantó estoicamente las inclemencias del tiempo, paciente. El viento no tardó en convertirse en una suave brisa de principios de verano, volviéndose caliente y con un ligero tacto parecido al algodón.
El anciano observó con mirada profunda a unos niños que aprovechaban el final del colegio jugando por la calle a todo tipo de juegos. Inconscientemente, una sonrisa torcida se formó en el rostro del anciano. Él también había sido joven, alguna vez, en un pasado muy lejano, tan lejano que, con las nubes formadas por la vejez en su cabeza, se le empezaba a difuminar irremediablemente. Observó a un niño correr como un rayo la cuesta de su casa. Irritado, él dejó de mirar. Sólo el levantarse de una silla significaba para él el gasto de todas sus energías. Pero no era rencoroso: a los pocos pasos, y con la concentración de ir bajando correctamente las escaleras de la entrada de su casa, el asunto ya estaba olvidado.
Miró con miedo a ambos lados de la carretera. Todavía no se acostumbraba a aquellos coches ruidosos que habían sustituido los carros tirados por caballos de su infancia. Y cada vez había más. El anciano había decidido vivir en un pueblo precisamente por eso: la ciudad, con tantos ruidos ahora más o menos conocidos, pero todavía extraños para sus oídos, hacían que le subiera la adrenalina, y el asma. No estaba acostumbrado a ese ritmo frenético de vida, y menos ahora a su edad. Hurgó en sus bolsillos en busca de sus inhaladores, ligeramente preocupado. No recordaba dónde los había puesto, y tener que volver a subir las escaleras justamente después de acabar de bajarlas se le antojaba un esfuerzo sobrehumano.
Tuvo suerte. En su bolsillo derecho estaban, los dos, para él de colores indefinidos ahora, aunque le habían dicho que uno era verde azulado y el otro rojo. También le habían dicho la utilidad de cada uno, pero tampoco se acordaba de eso. Cada vez que tenía un ataque de asma, él tomaba los dos por igual. Tampoco es que importara mucho, pensó con amargura. Si le hacían mal, ya poco tendría que perder en la etapa de la vida en la que se encontraba. Cada mañana se levantaba rezando a Dios por la gracia de dejarle vivir un día, sólo un día más. Aunque cada vez la vida se le antojaba más difícil y amarga.
Ni siquiera puedo caminar cinco minutos sin cansarme, el siguiente pensamiento llegó a su mente a una velocidad de vértigo. Entrecerró los ojos. Habría preferido morirse antes de ser una carga para algunos de sus hijos. Aunque ellos lo hacían con supuesto agrado, él notaba el peso que dejaba en manos de ellos. No era fácil la convivencia con él, lo supo desde el principio. Hacerse mayor da inteligencia y saber sobre la vida más que ningún otro, pero en ese momento, observando con cara perpleja a ambos lados de la calle, supo que era tan débil como el más pequeño de los bebés, que a medida que pasaba el tiempo él se iba volviendo una carga para el que decidiera quedarse con él. No era autosuficiente como en su juventud, y eso hacía que algunas veces deseara, cada vez más, que todo esto acabara y pudieran sus hijos gozar de una tranquilidad plena. Sus nietos eran ya más o menos mayores, la pequeña de todos, cumpliría doce años en Agosto. Doce ya…
Se decidió a cruzar, temeroso y a paso lento, aunque se esforzó al máximo en coger su máxima velocidad, y respiró hondo al llegar a la otra acera, como si hubiera pasado un obstáculo prácticamente insalvable.
Un nudo en el estómago. Él mismo se daba cuenta de lo inutilizado que estaba. Recordaba, si no con añoranza, con un sentimiento de libertad sus años de juventud. Si hubiera sabido lo que le esperaba dentro de unos años…nadie se da cuenta de lo que es ir perdiendo facultades día a día, poco a poco, levantarse cada día y descubrir que lo que podía hacer hacía una semana ya no lo podía prácticamente realizar, hasta que lo sufre en su propia piel.
Sin embargo, el anciano está satisfecho con su vida. Encontró el amor más sincero del mundo en manos de una mujer, tuvo unos hijos maravillosos. Fue feliz a pesar de la pobreza que siempre revistió con su manto negro sus 86 años de vida. Fue la persona que más entendió el significado de la frase “el dinero no da la felicidad”. Supo bordear firmemente los malos tragos. Aprovechó al máximo los buenos. No se consideraba egoísta, y nunca había negado una ayuda a alguien que lo necesitara, a pesar de que no poseía casi nada.
Por tanto, no entendía cómo se le había podido castigar de aquella forma, con lo que él había sufrido, haciéndole partícipe de su lento degradamiento, e intentó rememorar su vida desde el principio.
Había nacido un gélido Diciembre de 1923, en una casa pobre, en las afueras de un pequeño pueblo que, no obstante, estaba rebosante de vida. Los primeros años de vida los protagonizaron las enfermedades, algunas dejaron secuelas de su difícil curación.
Conoció el trabajo desde pequeño. No recordaba ningún año de su vida (a excepción de la etapa de bebé, claro está), que no estuviera ayudando a su madre en el río lavando ropa, las manos moradas en invierno por los grados bajo cero que se alcanzaban en aquel pueblecito del interior, ayudando a su padre, o sirviendo en alguna casa de un noble cuidando como podía a sus cortos nueve años de edad el ganado que poseía el “amo”.
Se casó viejo para aquella época, a los veinti…una mirada honda de tristeza recorre el rostro del anciano al ver que ni siquiera recuerda los años con los que se casó.
Llegó a la panadería, su destino. Tuvo que calcular lentamente de pesetas a euros, y aún así se equivocó en uno. Una sonrisa de disculpa dirigida a la panadera, que se la devolvió y no le dio mayor importancia. Cogió el pan pesadamente, equilibrando el bastón con las dos barras. A pesar de que llevaba ahora varios años de su vida viviendo el euro, todavía tenía la mente programada para las pesetas. Lo que se aprende durante la infancia queda para toda la vida, eso el anciano lo tenía claro.
Volvió con la mejor intención del mundo de que a la hija con la que vivía le gustaran las barras que él le había comprado. Le gustaban blancas, pero él, con las cataratas, ya difícilmente reconocía si estaban tostadas o no. Con una mirada inocente, intentó observarlas. Tras unos segundos, constató que era imposible verlas. Suspiró, cansado por el paseo, aunque hubiera tardado como máximo veinte minutos con su lento andar. Buscó un banco donde sentarse a descansar las piernas un poco. Vio uno cerca, y, satisfecho, se sentó. Se sentía fatigado, cosa que no le pasaba desde que se trasladara a la casa de su hija. Cogió los inhaladores y, con la destreza del que ya lleva muchos años haciéndolo, cargó cada uno e inmediatamente sintió que respiraba mejor. Una respiración ronca le salió, y luego, poco a poco, volvió a su ritmo normal.
Observó el horizonte. Era por la mañana, por lo que la luz del sol estaba casi en su cénit, haciéndole sudar. Observando al sol, de repente se le antojó la infantil idea de que quería correr, cosa que no hacía desde hacía muchísimo tiempo, precisamente porque no podía. Resignado, se levantó, con la intención de llegar pronto a casa y sentarse en el sillón del salón, enfrente de la mesa, para leer, y, cosa que últimamente le pasaba cada vez más, dormirse.
Saludó con una sonrisa y un gesto de la mano a un amigo suyo, más o menos de su edad. No quería pararse. Llegó a su casa de un tirón, sin cansarse ni sentarse. Abrió torpemente con las llaves con las que casi siempre se confundía de puerta, y abrió también a la primera, cosa que le arrancó una melancólica sonrisa de felicidad.
Subió las escaleras, apoyándose en la barandilla metálica que le habían puesto para sujetarse mejor. Un gesto de gratitud cruzó su rostro.
Y, tras subir las escaleras, sacó las llaves, dispuesto a entrar ya definitivamente en su casa. No le dio tiempo.
La puerta se abrió, y una mujer morena le sonrió tranquilamente.
-Ya tardabas mucho, papi- le dijo con cariño.
Sus nietas corrieron a darle un abrazo.
Y, el anciano, sonrió abiertamente. Una sonrisa de pura felicidad. Los pensamientos que había tenido hacía unos minutos se esfumaron con su tristeza. Se sentía más vivo que nunca, y mientras tuviera a su hija y a sus nietas, no las iba a dejar.
Sin dejar de sonreír, entró con ellos en la casa. Antes de cerrar la puerta, el hombre miró hacia el sol de nuevo. Y rió.
Y, riéndose, cerró la puerta, esta vez definitivamente.
Lleno de ternura. Parece describir a mi padre!!!
ResponderEliminargracias por compartir con todos nosotros unas líneas llenas de vida e ilusión, tan necesaria siempre.
Me encanta, chica, pero mucho mucho, está genial, muy tierno ^^
ResponderEliminaren serio, escribes que da gusto ^^