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That looks who transformed the universe...

viernes, 16 de abril de 2010

Un enfado...

La muchacha sintió cómo la rabia creía en su interior como un volcán enfurecido, despertado de nuevo de su letargo en el que había estado sumido los últimos días. Una rabia sin embargo limpia, pura, sin rencor. En ella la envidia no tenía cabida. Pero era rabia, al fin y al cabo. Un sentimiento negro y oscuro que te envuelve con su negro manto como si de chapapote se tratase.
Una patada dirigida a su inocente mesa de estudio. Un golpe dirigido en un inútil intento de apagar esa furia sin más destrozos que los que ya había causado. Sin embargo, ese intento de desahogo le valió un intenso dolor en el pie, una arraigante irritación, y ningún alivio en absoluto, lo que hizo que la muchacha desistiera en su intento.
Notó cómo las lágrimas trataban de salir de sus ojos. Obstinada, impidió que salieran, aun a sabiendas de que aplacarían la rabia que la roía por dentro, o, por lo menos, la aplacarían ligeramente. Pero luego vendría la angustia. No sabía lo que era peor. Notó cómo los latidos de su corazón aumentaban progresivamente, a medida que la muchacha se iba dando cuenta de la situación.
Se asustó de lo claramente que pensaba ahora, justo cuando estaba enfadada. Tenía la mente más clara incluso que cuando las circunstancias eran normales, ahora disminuyendo angustiosamente hasta casi tocar fondo. Era capaz de analizar hasta los más nimios detalles, analizar cada frase hasta encontrar varios significados diferentes, encontrar una respuesta rápida y contundente a cada una de las contestaciones. Pero no era capaz de analizar su punto de vista como lo veían los demás, cosa que le fastidiaba.
Frunció el ceño, pensando que no le gustaban las broncas en absoluto. Algo dentro de ella explotaba, adrenalina pura, ya no podía volver atrás. Y cuando lo hacía, ya era demasiado tarde.
Se tumbó en la cama, cerró los ojos. Poco a poco ese volcán interior se fue apagando, lentamente. Exhaló su último sentimiento de rabia unos pocos segundos después de que el corazón recuperara su ritmo normal, más o menos. Más bien menos que más, pero algo era algo. Ése era el momento que la muchacha temía, el momento en el que todo lo que había hecho con esa fuerza desaparecía con ella, dejando sólo un mal sabor de boca y una incipiente inquietud. El raciocinio volvió, nublando de nuevo la mente. La angustia vino con él, hermana. Las lágrimas que todo ese tiempo había intentado evitar se desbordaron por sus mejillas como una corriente cristalina e incansable, y la muchacha miró por primera vez desde el principio de la bronca las cosas desde otro punto. Una expresión horrorizada en su rostro se formó cuando se dio cuenta de lo que realmente había hecho. Y ya no había vuelta atrás.
Se incorporó para seguidamente ponerse las manos en la cara para que, si alguien pasaba por ahí, no la viera llorar. Todas sus convicciones, todo lo que había defendido...de repente notó que todas sus fuerzas la habían abandonado.
Si al menos se hubiera dado cuenta antes...
Su mente tan clara hacía tan pocos minutos estaba ahora llena de contradicciones. Ya no defendía una idea. Las posibilidades ahora eran pocas: o seguir defendiendo su idea para no malograr su orgullo...o aceptar las consecuencias, traicionando lo que ella había pensado hacía unos minutos, cuando estaba convencida de lo que decía. Una línea de concentración surcó su frente. Todavía conservaba los restos del enfado, y la decisión se le antojaba difícil. Un pensamiento egoísta surcó su mente. ¡Siempre ella tenía que disculparse, nadie se le disculpaba a ella! Los demás siempre tenían razón cuando discutían con ella. Pero cerró los ojos, enfadada consigo misma. ¿Y si los demás tenían razón? O a lo mejor ninguno tenía la verdad...
Agitó la cabeza, intentando quitarse esos pensamientos de la mente. Ya ni siquiera recordaba exactamente lo que había defendido. O había impuesto, esa era otra opción, muy distinta a la anterior, que cambiaba mucho las cosas. Ya lo único que recordaba de la bronca era un sentimiento de decepción y de malestar. A su parecer, tiempo perdido.
Levantó escéptica una ceja al considerar la segunda opción. No estaba de acuerdo con lo que había dicho durante la bronca, eso estaba claro, pero otra cosa era darle la razón aunque no estuviera de acuerdo con su idea. Traicionar sus principios, pensaría si hubiera estado enfadada en aquel momento.
Un intenso dolor de cabeza, provocado seguramente por la cantidad de cosas que se le agolpaban en la mente en aquel momento.
Ese último dolor la desarmó. Los últimos restos de la rabia de antaño desaparecieron. Una mente, esta vez racional, le susurró al oído la opción más satisfactoria.
Un gesto de duda cruzó la mente de la muchacha. Estuvo unos minutos sentada en la cama, enjugándose las lágrimas.
Tras ese rato, miró la hora. Asombrada, verificó que había estado más de una hora enfadada en su cuarto.
Salió con una fuerte sensación de remordimiento. Cruzó el pasillo, y se plantó en la entrada de una habitación, que tenía la puerta cerrada. Eso no le pasó inadvertido a la muchacha, y se mordió el labio inferior, con una mezcla de pena, miedo y cariño hacia el que estaba dentro.
Cerró los ojos. Abrió lentamente la puerta. La habitación estaba en penumbra.
Tardó unos segundos en reconocerlo, sentado en la cama.
Y, poco a poco, la muchacha abrió la boca:
-¿Papá?...

2 comentarios:

  1. Jolines, que bien escribes, no tenía ni idea O_O
    Espero poder leer más cosas tuyas (:
    un beso!

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  2. Jajajaja gracias, tu también escribes geniaal :)
    Me encanta leer cosas tuyas :D
    Un besazo!

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